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La ceramista y docente Gabriela Repetto, de Piriápolis, compartió en Fogón Oriental la historia detrás de su reconocimiento en el Premio Nacional de Artesanías 2025, donde obtuvo el primer premio en la categoría Pieza Única con una olla silbadora inspirada en piezas arqueológicas vinculadas a Juan Lacaze. Su obra une oficio, investigación, memoria indígena, territorio y una profunda defensa del trabajo hecho a mano.
El premio llegó luego de varios años de búsqueda. Gabriela contó que ya se había presentado en 2023 con piezas inspiradas en las campanas del Arroyo Sauce, aunque en esa oportunidad no obtuvo reconocimiento. En 2024 recibió una mención y, finalmente, en 2025 llegó el primer premio. “Fue como la frutilla de la torta”, expresó, al resumir la emoción de ver reconocido un proceso sostenido por la perseverancia y la investigación.
La obra premiada no nació de una ocurrencia aislada. Gabriela explicó que su interés por los pueblos originarios viene desde la infancia, cuando en la escuela apenas se hablaba de ellos en unas pocas páginas de los libros de historia. Con el tiempo, esa inquietud se convirtió en una búsqueda personal y artística.
Un momento clave fue cuando recibió unos tiestos encontrados frente al Arroyo Vizcaíno. Al tocarlos, sintió la presencia de quienes habían trabajado la arcilla muchos años atrás. “En vez de certezas se me abría un paraguas lleno de preguntas”, recordó, al contar cómo esa experiencia reforzó su deseo de investigar.
Más adelante, encontró un libro de las arqueólogas Mayra Malán y Elena Beovide sobre alfarería del Arroyo Sauce de Juan Lacaze. Ese material, de acceso gratuito, le permitió profundizar en formas, improntas y referencias que luego llevó a piezas de uso cotidiano.
Gabriela eligió trabajar con una olla porque la entiende como un objeto cercano, presente en todas las casas y cargado de sentido. Para ella, volver a las ollas de barro también habla de independencia, porque cualquier persona que tenga arcilla cerca puede crear una pieza útil sin depender necesariamente de la industria.
A esa dimensión cotidiana le sumó una impronta arqueológica. La intención es que quien adquiera una olla no solo la use, sino que también se pregunte por sus formas, por sus figuras y por el origen de esas marcas. De esa manera, la pieza se transforma en una puerta de entrada para reconstruir memorias indígenas y memorias del territorio.
La olla premiada, además, tiene un silbato oculto que permite que el vapor produzca sonido al hervir. Gabriela aclaró que ese recurso no pertenece a las culturas originarias de esta zona, sino que se vincula más con otras tradiciones de América. Sin embargo, decidió incorporarlo como parte del juego artístico. “El arte tiene que tener un poco de juego, porque si no es aburrido”, señaló.
Otro aspecto central de su trabajo es el uso de arcillas locales. Gabriela explicó que en sus piezas incorpora materiales extraídos del Cerro del Indio y de las Barrancas del Solís, en el departamento de Maldonado. Esa elección no es solo técnica, sino también simbólica.
Según contó, muchas veces la arcilla uruguaya se extrae en un lugar, se procesa en Montevideo y luego vuelve al interior con costos agregados. Por eso, cuando a la arcilla comprada se le suma arcilla del propio territorio, se abaratan costos y se agrega identidad. En sus palabras, es una forma de trabajar con lo que el lugar ofrece y de enseñar a sus alumnos a mirar el entorno como parte del proceso creativo.
La entrega de la pieza también tuvo su propia historia. Gabriela recordó que el día elegido para llevarla a Montevideo llovía mucho, pero decidió no postergar el viaje. Salió desde Piriápolis con las cajas cuidadosamente preparadas, consciente de que transportaba cerámica frágil y piezas únicas.
En el trayecto, un taxista no quiso llevarla porque pretendía separar las cajas de ella. Gabriela se negó: “Estas cajas no se separan de mí porque es cerámica y las tengo que llevar yo”. Finalmente, tomó otro taxi y le dijo al conductor que mirara bien su cara, porque iba a ganar el premio. La anécdota refleja la confianza y la convicción con que llegó a esa instancia.
Cuando recibió el correo con la noticia, estaba preparando muestras de fin de año con sus alumnos. Contó que pegó un grito y pidió a una compañera que leyera el mensaje para confirmar que realmente había ganado. Ese momento, recordó, se vivió como una fiesta colectiva.
Además de ceramista, Gabriela es docente. Su vínculo con la enseñanza aparece como una parte fundamental de su identidad. En la entrevista contó que se acercó a la cerámica casi por casualidad, acompañando a su hermana a una clase en Pan de Azúcar. Su hermana dejó, pero ella quedó atrapada por ese mundo.
Para Gabriela, trabajar con barro permite perder la noción del tiempo y encontrar un verdadero cable a tierra. También le permite transmitir a sus alumnos una idea que considera esencial: todos pueden crear si tienen ganas, aceptan los errores y siguen adelante.
Esa mirada docente se vincula con su experiencia en otras áreas de enseñanza. Así como algunos alumnos creen que no pueden resolver una ecuación, otros piensan que no pueden hacer una olla. Su desafío, dijo, es ayudar a cada persona a descubrir su propio potencial.
Luego del premio nacional llegó también el reconocimiento de la Junta Departamental de Maldonado, una instancia que Gabriela vivió con emoción, especialmente por la presencia de sus padres, su familia, sus hijos y su esposo. “Sentí el amor de todos”, contó, al recordar esa noche.
La ceramista también destacó su participación en la exposición Hilvanando Historias, en el Museo Mora de Juan Lacaze, abierta desde el 29 de mayo hasta el 11 de octubre. Allí su pieza comparte espacio con trabajos de otros artesanos y con referencias arqueológicas que inspiraron su obra.
Para Gabriela, ver su pieza junto a objetos vinculados a los pueblos originarios fue un honor profundo. La exposición, dijo, busca rescatar rasgos físicos de piezas modeladas a mano cientos de años atrás y llevarlos a nuevos lenguajes, como una forma de luchar contra el desconocimiento y el olvido.
La charla con Gabriela Repetto dejó una imagen clara de la artesanía como algo vivo. En sus manos, la cerámica no es solo una técnica: es investigación, memoria, docencia, juego, territorio y emoción. Su olla silbadora no solo recibió un premio; también abrió un camino para volver a mirar nuestras raíces desde el barro, el fuego y la creación compartida.
Escuchá la entrevista completa en el Canal de Spotify de Radio Oriental Agropecuaria 770 AM:
Escrito por equipodecantoyfogon